La Música: menuda tirana – (Crónica I)

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Viernes 25 de junio de 2021

Oposiciones Cáteddra dirección coral - Córdoba
Oposiciones Cátedra dirección coral – Córdoba

Todo está dispuesto, todo preparado:

Quam pulchri sunt, Iver, Messe in tempore belli, Jesu, meine freude… nos acompañan Bruckner, Bach y Brahms, Debussy, Haydn, Salazar y Victoria, un gran honor; apenas 17 cantores para 8 voces, responsables cada uno de defender la cuerda como solista, incluido nuestro director convertido en otro cantor más.

A las diez de la mañana nos vamos acercando al punto de encuentro en el que embarcaremos como uno solo, en la odisea que nos toca este día: seremos el instrumento para la oposición a la cátedra de dirección de coro de Conservatorio. Hemos acudido todos a la cita y partimos.

Atrás han quedado mil y un ensayos para unos, ciento uno para otros, el saber hacer de cada cual, pero por encima del aspecto técnico y nuestro compromiso, hemos echado en nuestro equipaje al lado de nuestras atesoradas partituras, a una gran tirana que nos impide tener ojos y oidos para ninguna otra cosa: La Música, con mayúscula, porque para nosotros tiene nombre propio igual que lo tiene todo lo que amamos.

Y hablando de amores; durante el corto trayecto a Córdoba me voy preguntando “¿cómo he podido llegar a este momento y a este lugar?” La respuesta parece fácil: adoro la voz humana, ese instrumento musical con el que nacemos, que nos define y transparenta nuestros sentimientos, emociones y sensaciones; ese del que eres luthier, intérprete y espectador a la vez, que igual te eleva al mismísimo cielo que te hunde en un abismo de emociones desatadas poniéndote del revés.

La Música es una tirana. Lo digo alto y claro y no me arrepiento, porque hace de nuestras voces la herramienta de subsistencia a su antojo:

Nos hace viajar con el vértigo de la montaña rusa cuando nos pone bajo un crescendo de luz de Bruckner y te ordena: “sé luz”.

Inmediatamente, líquidamente utiliza a Debussy, el que atrapó las corrientes marinas y el aire, y nos deja a su merced en esa hermosa ingravidez.

O nos presenta a Brahms, fiel amigo del ciego Homero, capaz de describir en Nänie la historia más terrible con una dulzura dirigida a tu línea de flotación, invadiéndote.

Insatisfecha con semejante zarandeo, ahora va la tirana y te pone enfrente a Bach…

“Dios mío. ¿Y ahora qué?” —Es lo que te queda por pensar.

—Ahora —responde—, te dejo en el sólido refugio de la polifonía de Tomás Luis de Victoria.

Incontestable.

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